La dicotomía china

El fútbol chino da que hablar. Una estrategia gubernamental, ambiciosa pero no inédita, unida a los planes de expansión de las empresas propietarias de los clubes, han hecho que grandes nombres del fútbol mundial aparezcan ligados a la competición china. Esto, más allá de ocupar páginas en los diarios, esconde un objetivo político que trasciende, en mucho, al deporte.

 

Hace unas semanas, mientras hablaba con un compañero que prepara un tema sobre el crecimiento del fútbol chino para la revista Panenka, me di cuenta de que en los últimos meses, incluso años, había hablado, escrito y comentado mucho sobre este tema en diferentes soportes, pero nunca me había parado a escribir sobre el origen de todo este movimiento.

Para entender qué está pasando en el fútbol chino hay que mirar en dos direcciones. La primera apunta hacia el Gobierno chino o, lo que es lo mismo, el Partido Comunista: la segunda, por su parte, nos lleva hacia la situación de la economía china y de las empresas que en ella han crecido y que ahora ven el fútbol como una manera de alargar esa expansión en una época de desaceleración.

De Barcelona a Pekín

En 1952, la República Popular de China, constituida en 1949 tras el final de la guerra civil, participó en sus primeros Juegos Olímpicos, los de Helsinki. Con unas heridas bélicas que aún hoy siguen sin cerrarse pero que, tres años después del final del conflicto, estaban a flor de piel, el COI invitó a Pekín y Taipei, las dos ciudades que decían ser la capital de la verdadera China, a dichos Juegos aún a sabiendas de que ambas naciones boicotearían la competición por la presencia de la otra. Finalmente, a dos días de encenderse el pebetero, los taiwaneses abandonaron la Villa Olímpica dejando a la República Popular de China participar en unos Juegos Olímpicos en los que no se harían con ningún metal.

Sin embargo, y debido a la falta de consenso sobre si Pekín o Taiwán debían llevar el nombre de China en los Juegos, los de Helsinki fueron los primeros y últimos de China hasta 1984, cuando la bandera de la actual China volvió a aparecer en Los Ángeles junto a la de Taiwán, que años atrás había aceptado denominarse China Taipei en los eventos organizados por el COI.

La delegación de China Taipei desfila en la ceremonia inaugural de Río 2016 (News X)

El regreso de Pekín en aquella edición no fue casual. Cinco años atrás, en 1979, el Comité Olímpico Chino había sido creado y poco antes, a mediados de la década de los 70, un plan había tomado forma en la mente de la dirigencia china. En un panorama en el que fin de la Guerra Fría era un hecho y en el que China buscaba aún la manera de “independizarse” de la Unión Soviética, el ejecutivo chino intentaba mostrar su fuerza en la arena internacional y hacer que la bandera de China ondeara junto a la de las grandes potencias.

¿Dónde podía ocurrir eso? En los Juegos Olímpicos.

Éxito por boicot

China, por aquel entonces presidida por Li Xiannian y con un Deng Xiaoping (personaje importante en esta historia) ganando cada vez más poder dentro de los órganos de gobierno chinos, se presentó en unos Juegos, los de 1984, en los que varios países ya habían anunciado que no participarían. La Unión Soviética, con 14 Comités Olímpicos Nacionales (CON), lideró un boicot masivo que no era sino la respuesta al llevado a cabo por Estados Unidos en 1980, cuando siguiendo la senda marcada por Washington fueron 61 los CON que decidieron no ser parte de la competición en Moscú.

Con esta tesitura, Estados Unidos dominó de manera aplastante el medallero con 174 metales, 121 más que el segundo, Rumanía, a quien además superaba en 63 medallas de oro (83 a 20). Alemania Occidental, con 17 oros, fue tercera, y China, que en Los Ángeles se hizo con sus primeros metales olímpicos (32), fue cuarta, un éxito propiciado por las ausencias.

China en Los Ángeles 1984 (Xinhua)

Consecución y continuación

A pesar del éxito cosechado en Los Ángeles, China sabía que su plan no estaba maduro. El mismo, consistente en captar a niños y niñas por todo el país para destinarlos a centros de alto rendimiento (o cárceles para deportistas según han afirmado algunos de los que por allí pasaron) tenía como primer objetivo Barcelona 92 y como último, los Juegos que China organizaría en un futuro y que supondrían la presentación en sociedad de la “Nueva China”, un concepto acuñado antes pero que, en esta ocasión, significaría situar al país asiático al mismo nivel que las grandes potencias mundiales.

Seúl 88, con boicots de Cuba, Corea del Norte o Albania pero con la mayoría de naciones presente, relegó a China hasta el puesto número 11 del medallero y cuatro años después, en Barcelona, el plan diseñado 20 años atrás comenzó a dar, esta vez sin discusión, sus frutos. Una cuarta posición en el medallero final con 54 metales fue el inicio de una racha que tuvo su punto álgido en 2008 cuando, siendo anfitriona, China encabezó la competición aventajando a Estados Unidos en 12 medallas de oro y en 26 a Rusia.

Entrega de medallas en tenis de mesa (M) en Beijing 2008 (Xinhua)

El objetivo estaba cumplido. China se situaba entre los grandes del deporte olímpico y, además, daba una imagen de modernidad a través de los Juegos de Pekín.

La maquinaria del soft-power funcionaba.

Reformar y abrir

Casi al mismo tiempo que daba inicio el plan para crear grandes atletas que brillaran en los deportes individuales (más medallas para el país), China se encaminaba hacia la reforma económica que propició lo que hoy en día es la economía del gigante asiático.

A finales de 1978 y, tras una gira por varios países del Sudeste asiático, Deng Xiaoping, ya por aquel entonces uno de los cargos más importantes del poder en China, trazó la que sería la política económica que cambiaría la hasta entonces atrasada nación asiática.

La que se ha venido en llamar “Reforma y Apertura”, marcó el inicio de una serie de cambios en la economía del país, que abandonó paulatinamente el control estatal para convertirse en una economía de mercado. A pesar de los problemas derivados de este ajuste que aún hoy continúa, China logró cuadriplicar su Producto Interior Bruto en 15 años (1980-1995) y sentar las bases de un crecimiento casi imparable que ha continuado hasta la segunda década del siglo XXI y que ha hecho que muchos sigan una máxima que rompía con lo establecido hasta entonces y que es atribuida, sin pruebas fehacientes, al propio Deng:

“Enriquecerse es glorioso”

Deng Xiaoping con un sombrero durante un rodeo en Texas en 1979 (NYT)

El papel del fútbol

Ya en este siglo, concretamente en 2013, China se medía a un rival inferior como Tailandia en Kunming, una ciudad en el suroeste del país. Al partido asistía el presidente chino, Xi Jinping, aficionado al fútbol que, además, celebraba su cumpleaños ese 15 de junio.

En el banquillo chino, un Jose Antonio Camacho con las horas contadas veía como los tailandeses ganaban 1-5 y él se despedía del puesto en medio de las críticas, dentro del país y en Asia, por la paupérrima imagen de una selección cuya caída parecía no tener fin.

 

China, que sólo se ha clasificado para un Mundial, el de 2002, y en parte gracias a que Japón y Corea del Sur, organizadores, no participaban en la fase de clasificación, intentaba revivir su fútbol.

Tras años en los cuales este deporte se había visto salpicado por escándalos de corrupción y amaño de partidos, el fútbol chino buscaba limpiar su imagen, volver a conectar con la afición y crear equipos que pudieran dar la cara en la arena internacional.

El primero en sobresalir fue Guangzhou Evergrande. Campeón en los seis años que han pasado desde su retorno a primera división, los cantoneses han logrado, además, convertirse en uno de los grandes equipos de Asia y lograr dos Ligas de Campeones, las de 2013 y 2015.

Además de un proyecto que les permita brillar en la élite, Guangzhou creó, junto con el Real Madrid, su academia, destinada a buscar y formar talento y nutrir, si todo sale según lo previsto, a los equipos profesionales y a la selección en un futuro cercano.

El modelo de Guangzhou, que no es único pero sí pionero, iba en línea con lo ideado por el ejecutivo, que había visto en el fútbol una herramienta poderosa para lograr lo mismo que se logró con los Juegos Olímpicos; poner a China junto a las grandes potencias (futbolísticas) y, si no superarlas, al menos competir al mismo nivel y dejar atrás episodios de vergüenza nacional como el sufrido ante Tailandia.

El plan echa a andar

Con la bendición del Gobierno, un plan que persigue crear 25.000 academias en 2020 y 50.000 en 2025, junto con otras medidas, es presentado y comienza a llevarse a cabo. ¿El objetivo? Hacer que China sea capaz de clasificarse para un Mundial en el corto plazo y, en el medio, organizarlo y ganarlo.

El fútbol, claro está, no son matemáticas, y llevar a buen puerto un proyecto de estas características tiene muchas complicaciones, desde el cambio de la mentalidad de muchos padres en China, que ven, o han visto hasta hace poco, el fútbol como una pérdida de tiempo para sus, en muchas ocasiones, únicos hijos, hasta las complicaciones propias de la competición al más alto nivel, donde un gol, un fallo o una mala decisión pueden dar al traste con todo el trabajo de una temporada.

Sin embargo, China ha acometido empresas mucho más complicadas y desde el Partido Comunista están decididos a que el fútbol de China se convierta en mucho más que un mero deporte. Esto es en una herramienta de imagen y, en definitiva, un poderoso elemento de soft-power como ya fueron -y siguen siendo- las citas olímpicas.

¿Equipos o empresas?

En China, aunque esto no es algo exclusivo del fútbol del país asiático, la mayoría de clubes son propiedad de grupos empresariales de mayor o menor peso. Por citar algunos ejemplos, el hexacampeón de liga, Guangzhou, lleva por apellido Evergrande (grupo inmobiliario) Taobao (división de comercio en línea del gigante informático Alibaba); la gran sensación del mercado en 2016, Jiangsu, es propiedad del grupo Suning, empresa del comercio electrónico minorista; Shanghai, el exequipo de Gregorio Manzano y que ahora dirige Gustavo Poyet, es propiedad del grupo inmobiliario Greenland… y así un largo etcétera de empresas detrás de los equipos chinos.

Anelka durante su breve paso por el Shanghai Shenhua (The National)

Para estas compañías y, repito, esto no es algo exclusivo de China, su presencia en el fútbol va más allá del mero amor por el deporte. Contratos, nuevas oportunidades de negocio o convenios con clubes extranjeros que abren las puertas de esas empresas hacia nuevos mercados son sólo algunas de las ventajas que atraen a las compañías a los clubes de fútbol.

El choque de trenes entre el Gobierno y los equipos

A pesar de que, en un principio, desde el Gobierno se veían con buenos ojos las contrataciones millonarias de los clubes y que nombres como Darío Conca, Nicolás Anelka o Didier Drogba lucieran los colores de la Superliga, lo ocurrido en las dos últimas temporadas ha hecho que muchos en el ejecutivo tuerzan el gesto.

Acostumbrados a enriquecerse y obtener resultados casi inmediatos durante la mencionada época de la “Reforma y la Apertura”, muchos de los empresarios que forjaron sus fortunas en aquella época y que ahora controlan los clubes más poderosos del país, parecen pensar que esta carrera se gana de igual manera.

Grandes nombres, poner a tu ciudad o tu empresa en diarios de todo el mundo y, en definitiva, lograr una expansión de marca impensable por canales tradicionales, ha llevado a muchos clubes a tirar la casa por la ventana y, prácticamente a diario, poner cifras astronómicas sobre la mesa y siempre ligadas a jugadores de primer nivel.

Esta desenfrenada carrera por ver quien la tiene más grande (la cuenta corriente) ha hecho saltar las alarmas en la Federación y en el Gobierno, desde donde argumentan que si todo se queda en esto, en una carrera por ver quién atrae a más estrellas sin importar la planificación deportiva, el plan a medio y largo plazo fracasará y el modelo pensado para el desarrollo del fútbol chino no llegará a ninguna parte.

Presente y futuro

China tiene un plan que va mucho más allá de lo que las portadas de los diarios internacionales muestran. Por un lado, se busca crear una nueva herramienta de soft-power internacional para legitimar de algún modo al país y mostrar un poder que va más allá del político o el económico. Por otro lado, grandes compañías buscan en el fútbol la manera de abrirse al exterior ahora que la economía nacional comienza a crecer más lentamente.

Ambas realidades, ambos planes, están condenados a entenderse y a coordinarse si quieren que el país y su fútbol, una vez más, cierren con éxito esta complicada dicotomía china.

1Comentario
  • Rafaela
    Posted at 00:06h, 30 Enero Responder

    Magnífico e ilustrativo artículo.

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